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No soy un forofo del fútbol. No conozco las alineaciones de los equipos y a veces no entiendo el “fuera de juego”, pero no he podido sustraerme al influjo de los acontecimientos futbolísticos de las últimas semanas del Mundial de Sudáfrica.
Me ha sorprendido el poder sublimador, de catarsis colectiva y convocador de esa disciplina deportiva y no he podido evitar reconocer, en el desarrollo del juego, metáforas de la vida humana. Como en la vida, el fútbol tiene sus reglas, algunas escritas y otras no. Cómo el propio balón del Mundial, el “Jabulani”, la vida puede tomar cursos impredecibles. Como en la vida el fútbol no es perfecto sino incierto, sujeto a los aciertos y errores de quienes participan...incluido el árbitro. Cómo la vida misma hay jugadores de toda condición. Algunos rácanos, de visión corta. Algunos que prometen mucho pero que no acaban de demostrar nada. Otros que sólo piensan en si mismos. Sin embargo hay otros que piensan en el compañero, en el colectivo. Algunos sencillamente brillantes. Hay otros jugadores que no les importa hacer lo que sea con tal de ganar, mientras que otros hacen del estilo de ganar algo tan importante como el triunfo mismo.
Al final ganó el mejor. Algo que reconoce toda la prensa mundial. Me sorprendió el énfasis que hacen todos los cronistas sobre el “estilo de juego”. No sólo es importante ganar, sino también la forma de hacerlo. Enseguida los comentaristas hilaron una relación del estilo con una serie de valores morales que se presumen esenciales para una vida en sociedad. Al final todos deseamos participar de esos valores de los que nos sentimos huérfanos y ese equipo se convierte en un símbolo de lo que, como sociedad, aspiramos a ser experimentando la necesidad de cambio y de renovación interior. En los últimos años muchos hemos tenido la sensación de que lo que importaba en nuestra sociedad era ganar, cuanto más mejor, no importando la manera en que se conseguía. Eso ha llenado nuestros bolsillos pero vaciado nuestras conciencias y nos ha dejado sin valores morales. Un grupo de 23 jugadores con un balón nos han recordado ciertos elementos esenciales. Es hora de volver a unos valores que hemos perdido por el camino obsesionados por el triunfo a corto plazo.
Fernando Ramos
Un grupo de 23 jugadores con un balón nos han recordado ciertos elementos esenciales. Es hora de volver a unos valores que hemos perdido por el camino obsesionados por el triunfo a corto plazo.
Reflexiones en torno a un balón
miércoles 14 de julio de 2010