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Por el contenido de sus poemas-canciones se ha dicho, del cantautor judío canadiense Leonard Cohen, que es un eterno buscador de la verdad y la belleza en medio de la oscuridad sórdida de la vida cotidiana. En el fondo, un hombre que busca a Dios entre la niebla como demuestra en sus letras.
“If it be your will” (Si fuera tu voluntad / Si tú quisieras) es, probablemente, una de sus más bellas canciones. Un canto que es, a la vez, oración desgarrada y esperanzada. La oración de quien quisiera tener esperanza aún sabiendo que nos rodea la oscuridad y que el ser humano siempre es frágil, precario, inseguro, contradictorio e indigente. La oración de quien quisiera verse elevado por Dios mismo por encima de todo aquello que ve y que provoca su desesperanza.
Es el canto de alguien con hambre de Dios, con hambre de un futuro que merezca la pena vivir. No es más que el ser humano desnudo que necesita trascender lo inmediato que se percibe a la vez como definitivo y caduco. Como dirá el filósofo Justo Zambrana: “El hombre necesita futuro y lo que es más, necesita inmortalidad. Desde las pirámides de Egipto hasta los poemas de Unamuno esta necesidad es piedra angular de todas las religiones y de gran parte de la cultura universal. Ahí tienen cabida y comprensión las mil y una formas entre el folklore y el esperpento bajo las que a menudo se presentan las nuevas modalidades del fenómeno religioso”.
A esa necesidad de futuro responde de modo tajante la esperanza cristiana. Una esperanza que va mucho más allá de la mera salvación personal y que consiste en la convicción profunda y confiada de que con la llegada del Reino de Dios en Jesús se ha abierto la puerta a la comprensión final del gran misterio que es el ser humano, el mundo y el Universo. Significa también que se nos ha revelado la buena noticia de que la plenitud de todo lo creado pertenece al futuro de Dios y que ese curso es inalterable. Nosotros no seremos los protagonistas, lo será Dios mismo…pero nosotros estaremos allí invitados a disfrutar y colaborar y en armonía eterna con esa Creación renovada.
La esperanza cristiana no es el fin del mundo sino su plena realización en la vocación a la que desde siempre estuvo llamado. El fín de la historia es el primer día de la vida eterna y, como dirá el teólogo Moltmann, el amanecer de la eterna primavera de la vida.
Porque la esperanza cristiana consiste en vivir la vida eterna, compartir, a nuestra escala, junto con toda la Creación (cuyas dimensiones se nos escapan) la vida de Dios. Esa vida se vive en un contexto mucho mayor que nos sobrepasa por todas partes pero al que nos ha sido prometido acceso permanente. Un futuro del que hemos sido hechos como –literalmente dice la Biblia- “coherederos con Cristo”.
Esta esperanza no está basada en algo inédito e incógnito que pasará en un futuro incierto y lejano sino en la confianza –la fe- en el cumplimiento de lo que ya está inscrito en la Creación, insertado en la Historia, revelado en la vida, muerte y resurrección de Jesús.
Y es que, en última instancia nuestra esperanza se centra en una persona; más aún, ella misma la constituye. Se trata de si lo que ha dicho es verdad o no; de si lo que ha hecho es significativo y trascendente o no; de si lo que él ha prometido es verdad o no. Y la solidez de esa promesa descansa en la fiabilidad y la fidelidad de quien lo prometió y no de las sensaciones e inseguridades del que recibió la promesa.
Cabe, eso sí, el peligro de que esas aspiraciones, mal entendidas, nos sustraigan del presente. Que quedemos alienados a la espera de una vida eterna y plena y nos desentendamos de la actual sin comprender que aquella es esta misma renovada y prolongada. Es la clásica acusación que se ha hecho a la religión en general y al cristianismo en particular : ser el opio del pueblo, ser la droga ilusoria de quienes son demasiado cobardes para enfrentar el mundo sin alimentarse de bonitas mentiras que le ayuden, como muletas, a caminar por este mundo.
Pero la esperanza verdadera es proactiva y anticipadora. No es el futuro del presente infinitamente potenciado sino que es el presente del futuro. No podemos vivir negando en la práctica aquello que esperamos con la certeza de nuestra fe. Por eso no sólo vislumbramos en el presente las señales del futuro que esperamos sino que eso nos empuja a transformar el presente según la promesa del futuro. Por eso, porque ese vislumbre aumenta nuestra hambre y sed de justicia (como la proximidad de la fuente hace más insufrible la sed) clamamos “¡Venga a nosotros tu Reino!” y lo hacemos viviendo el perdón de Dios (ilimitado), compartiendo el pan que sabemos que sólo de Él recibimos, viviendo en su voluntad aquí –como hijos, como iguales, como hermanos, con la única ley del amor- como lo haremos en su Reino.
Ciertamente, los cristianos necesitamos hacer presente nuestra esperanza en medio nuestro y de los que están a nuestro alrededor, cada uno de los días de nuestra vida. Sin desentendernos de nada. Sin miedo a perder nada, sin necesidad de aferrarnos a nada, sin idolatrar nada ni a nadie, sin temer nada, sin dejar de esperar siempre lo mejor de la buena voluntad de Aquel que nos amó hasta tal extremo que dio a su Hijo por nosotros para que, a su vez, fuésemos hechos hijos suyos, desde ahora y para siempre. Y viviendo intensamente el día a día no por desprecio del futuro sino por la convicción de que ese futuro está asegurado y de que el día de hoy vivido por cada uno de nosotros adquiere sentido en el inmenso tapiz de la Historia y de la Creación, recuperando, si acaso estaba extraviada, la conciencia profunda de esa esperanza que es por gracia y que, precisamente por eso, por su gratuidad asombrosa no nos deja desactivados y pasivos sino que nos impulsa a compartir generosa y gozosamente todo cuanto tenemos y somos parta ser, en última instancia como Jesús: hombres y mujeres para Dios y para los demás.
Juan F. Muela
La esperanza verdadera es proactiva y anticipadora. No es el futuro del presente infinitamente potenciado sino que es el presente del futuro. No podemos vivir negando en la práctica aquello que esperamos con la certeza de nuestra fe. Por eso no sólo vislumbramos en el presente las señales del futuro que esperamos sino que eso nos empuja a transformar el presente según la promesa del futuro.
Una esperanza presente y con futuro
martes 31 de enero de 2012