La esperanza verdadera es proactiva y anticipadora. No es el futuro del presente infinitamente potenciado sino que es el presente del futuro. No podemos vivir negando en la práctica aquello que esperamos con la certeza de nuestra fe. Por eso no sólo vislumbramos en el presente las señales del futuro que esperamos sino que eso nos empuja a transformar el presente según la promesa del futuro.